La mujer caminaba por el camino convencida de que el camino no iba a ninguna parte, lo cual le parecía un destino razonable. Detrás de ella, su sombra, que a su vez tenía sombra propia, se había quedado rezagada porque había decidido tomarse un descanso sin pedir permiso. No estaba cansada: estaba indecisa.
La sombra contaba los pasos al revés, por si así llegaban antes. A veces se sentaba en el suelo —aunque no tenía piernas— y pensaba en cosas importantes, como si las sombras sueñan o solo recuerdan. La mujer lo notó, pero siguió andando: discutir con una sombra es perder siempre.
Cada tarde la distancia variaba según el humor del sol. Si había nubes, la sombra se acercaba. Si no, se hacía la interesante. Un día la mujer se detuvo. La sombra también, pero un segundo después, como si dudara.
Nadie ganó. El camino siguió quieto.
Desde entonces caminan así: la mujer avanzando sin motivo y la sombra quedándose por costumbre, demostrando que incluso lo absurdo necesita cierta coherencia para no desmoronarse del todo.
