Los pescadores, ya en tierra firme, se colocan en fila sobre la arena húmeda. El viento de la tarde les trae olor a sal y a trabajo. Frente a ellos, la red se adentra todavía en el agua, tensa y pesada, y solo cuando comienzan a tirar de ella empieza realmente la incertidumbre. Cada uno agarra su tramo y tira con fuerza, acompasando el esfuerzo para que la red avance sin romperse.
No hablan mucho. Están pendientes del peso, de la resistencia, de esos pequeños detalles que pueden anunciar si la jornada será buena o si apenas habrá captura. Conforme la red emerge, todos miran con atención: a veces aparece un destello de pescado y el ánimo sube; otras, la malla viene casi vacía y se instala un silencio incómodo.
No hay margen para el error ni para el descanso. De la pesca depende la economía de cada casa: la comida, las facturas, los estudios de los hijos. Por eso, cada tirón es también una preocupación. Cuando por fin la red queda extendida sobre la playa, la realidad se impone sin adornos. Sea mucha o poca la captura, tendrán que asumirla y empezar a preparar la siguiente jornada. En ese gesto repetido se juega, día tras día, el sustento familiar.
