A veces no queda sino recurrir a la utopía

Durante años, el planeta Tierra vivió bajo una amenaza que no venía de meteoritos ni de plagas, sino de la codicia con traje y corbata. Trump, amparado en una superioridad armamentística sin precedentes, extendía sus tentáculos sobre países ricos en petróleo, litio o agua, apropiándose de sus recursos como quien arranca frutos de un árbol ajeno. Las naciones protestaban, alzaban comunicados, convocaban cumbres inútiles, pero el miedo pesaba más que la razón y nadie se atrevía a pararle los pies.

El mundo parecía condenado a una sumisión silenciosa cuando ocurrió lo inexplicable. No se supo si fue una señal de radio, un error de satélite o el simple eco del sufrimiento humano viajando por el cosmos. Lo cierto es que la injusticia llegó a oídos de otro planeta, una civilización antigua que había superado hacía siglos la guerra y la avaricia.

Sin previo aviso, una expedición descendió sobre la Tierra. No dispararon un solo arma. Detuvieron a Trump con una serenidad que resultó más humillante que cualquier derrota militar. Fue conducido a su planeta, lejos de micrófonos y banderas, para ser juzgado por un tribunal que no entendía de poder, solo de responsabilidad.

Por primera vez en mucho tiempo, la Tierra respiró. Y aprendió que, a veces, la justicia llega desde donde menos se espera.

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