Mi abuelo Manuel llegó a Priego siendo casi un muchacho, con las manos aún tiernas y la mirada cargada de futuro. Venía junto a su hermano Arturo, más reservado, pero igual de constante en el trabajo. Traían de casa el oficio de la lana, aprendido desde años y conversaciones al calor de la lumbre. En Priego encontraron su sitio sin hacer ruido, como hacen las cosas para que duren.
Levantaron una fábrica de lanas en una vega a escasos trescientos metros de las primeras casas del pueblo que al principio fue poco más que un cobertizo, pero que pronto se llenó del ir y venir de la gente y del rumor acompasado de los tornos y los telares. Aquel sonido acabó siendo parte del pueblo, como el de la iglesia o el del río.
Se casaron con muchachas de allí, sin alardes, y formaron familia. Los hijos crecieron entre vellones, madejas y lanzaderas. Muchos siguieron en el negocio, como si fuera cosa natural. Durante años, la fábrica dio vida a varias casas del pueblo.
Pero el campo empezó a vaciarse y la lana dejó de tener sitio. El negocio se fue apagando poco a poco hasta su desaparición. Hoy solo queda el edificio, en pie a duras penas, guardando un silencio lleno de memoria. A veces, quien pasa se detiene un instante, como si aún pudiera oír el eco de los telares y las voces antiguas. Y en ese silencio, parece que todo sigue ahí, detenido.
